martes, 30 de junio de 2009

llegada a tegucigalpa (II)

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la zona centro y alrededores está atestada de gente. vuelvo a tener la impresión de estar en un gran mercadillo, donde las calles de la ciudad son los pasillos llenos de puestos a uno y otro lado. me apeo en la plaza de la catedral, probablemente el lugar más concurrido de la ciudad. se sitúa a las puertas de la catedral, y está atestada de hombres adultos de caras largas, probablemente parados. un pastor lee la biblia en voz alta ante la desatenta apatía de la gente. una fila de dos docenas de limpiabotas en perfecta formación trabajan a destajo. el día es soleado y fresco. noto mis sentidos tan agudizados como lo estarían si me hubiese picado una araña radiactiva. noto los olores de los puestos ambulantes de comida, el sonido de vida de la plaza, el frescor húmedo del día, el colorido de las casas, los coches, la gente. por un instante me siento como si se me hubieran pasado los efectos de una anestesia que me duraba ya toda la vida, me siento como se sentiría alguien que nunca ha probado nada dulce y lame por primera vez un helado de chicle. trato de alargar cuanto puedo este instante de fugaz euforia, pero poco tarda en desvanecerse como un orgasmo-de-entre-semana.


el siguiente punto del plan pasa por encontrar dónde pasar la noche (es un decir; el autobús sale a las 5, así que tendré que levantarme a las 3.30h como muy tarde). después de dar algunas vueltas y preguntar en un par de sitios, me decido por un cochanbroso hotel, a 12 pavos la noche. es algo caro tratándose de tegucigalpa, pero no quiero perder más tiempo. además, el recepcionista me cae bien. se llama franklin y se ha quedado prendado de mi pasaporte.

-en españa tienen calidad hasta los pasaportes. acá son más malos.

no tiene cambio, así que quedo en pagarle más tarde. no hay problema, está encantado. me vuelvo al centro, cambio dinero (para lo cual tengo que cumplir más trámites que para solicitar una beca) y entro en la catedral. lo cierto es que no es más que una iglesia de barrio en la que no deja de entrar y salir gente. hay misa y prefiero quedarme en la puerta para no molestar. me pongo a charlar con un tipo que está en la puerta y saluda a todo el mundo que pasa. se dedica a vender periódicos y boletos de una especie de lotería. tengo curiosidad pero no le pregunto porque tengo la sensación de que lo hace de estrangis. cuando me dice que se llama franklin me pregunto para mí cuáles son las probabilidades de que conozcas el mismo día a dos personas que se llamen franklin. la conversación gira en torno a mi viaje. pregunta sediendo por cada uno de los pasos que he dado y que me quedan por dar hasta llegar a españa. me pide que le repita una y otra vez cuántos estados he cruzado en estados unidos y cómo son las americanas. terminamos hablando de españa, de la paella y de la tortilla. todo el que pasa saluda a franklin, y franklin anuncia que soy español a todo el que pasa.


-oye pedro, dime una cosa -dice con solemnidad mientras se sujeta el mentón con los dedos-. ¿es cierto lo que dicen que en españa todos los pueblos, por pequeños que sean, tienen buenas condiciones?
-¿a qué te refieres con buenas condiciones? -me intereso.
-me refiero a si tienen agua corriente, electricidad, calles asfaltadas. ese tipo de cosas.
-sí, es cierto. cualquier pueblo de españa tiene de todo.
-es increíble -dice casi en un suspiro de admiración.

en pocos minutos vuelve a pedirme que le cuente mi viaje, así que me invento alguna excusa para largarme. paso el resto de la tarde paseando, admirando las tiendas enrejadas y vigiladas por hombres armados y detectores de metales. entro en un restaurante típico, me tomo una cerveza del lugar, compro un crucifijo a una vieja decrépita y tomo algunas fotos. me pierdo. pasan las horas y cuando empieza a oscurecer, la gente va recogiéndose poco a poco. vuelvo a la plaza de la catedral, lugar que me sirve de referencia para alcanzar el hotel. franklin sigue allí, así que me acerco a despedirme -la forma en que me fui antes me ha dejado mal sabor- y a comprarle un periódico. rezará por mí, pedirá a dios que me ayude en mi viaje. le doy un abrazo.


llego al hotel, liquido mis cuentas con franklin y charlamos un rato de fútbol. enseguida montamos una tertulia de cinco personas en la recepción de hotel donde se habla de fútbol exclusivamente. todos van con la selección española. españa es la madre patria. subo a la habitación, cansado y con la intención de dormir algo. una hora de ejercicio, una ducha fría (ni me he molestado en preguntar si tienen agua caliente) y a la cama. son las diez de la noche. dentro de unas horas continuará mi viaje, pero ahora sólo quiero sumergirme, pero es imposible. el sonido del televisor de la recepción llega demasiado claramente. están poniendo las noticias. alguien ha muerto víctima de la influenza.

llegada a tegucigalpa

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el sonido del ventilador no me ha dejado pegar ojo, pero no podía permitirme el lujo de pararlo porque necesito secar la ropa. meter ropa húmeda en una mochila es firmar su sentencia de muerte. recojo, me visto y salgo camino de la estación. son las 5 de la mañana y me encuentro las puertas de la estación cerradas. tras el susto inicial y dar un pequeño rodeo, logro acceder a por un sitio diferente al que usé para salir el día anterior.

la compañía de autobuses se llama king quality y es una de las mejores de centroamérica. primera clase, usada por la flor y nata del lugar. desde un punto de vista frío y objetivo, es mucho mejor que las líneas que he estado tomando hasta ahora, pero no tiene ni de lejos el encanto de los viejos autobuses en los que me he movido. king quality no está al alcance de la mayoría de la gente corriente, lo que hace que me esté moviendo en una atmósfera impreganda de cierto elitismo: jerseys tommy hilfiger, bellas azafatas de largo pelo, apuestos azafatos engominados y atentos, gente leyendo en silencio, hilo musical, mucho espacio, buen olor, aperitivos, asientos con revistas de edición propia, aire acondicionado con filtros en las rejillas, cojines, mantas, toldos para acceder al autobús, puntualidad, caras gris cenicienta. como dice su esloga: "la excelencia real del avión terrestre". personalmente, prefiero los autobuses corrientes, con sus ruído, con su mal olor, con su desorganización, su gente conversadora, sus retrasos, sus vendedores ambulantes. sin embargo, no tengo muchas opciones; cada empresa tiene su propia terminal de carga, y me resulta muy complicado llegar a una ciudad desconocida, buscar la empresa alternativa a king quality, encontrar su terminal, llegar hasta ella y sacar el billete. sería gastar demasiado tiempo, y me voy obligado a ser práctico. como dice mi amigo sergio, el tiempo es oro y yo soy pobre.


la terminal de king quality en san salvador está en una zona muy occidentalizada. un gran centro comercial y la feliz familia de franquicias. paso y listas y están todas excepto starbucks. viendo esto, no tengo claro si el salvador está más adelantada que guatemala o es al contrario. subo al bus, pero antes cuento las veces que me piden el pasarte, y son 5 en total. desde la chica de la ventanilla de billetes hasta el mozo que carga con los equipaje. al llegar a la frontera con honduras, de nuevo vuelve a pedírmelo dos veces más. esta frontera es la más tranquila de todas las que he cruzado hasta ahora. ni siquiera tenemos que bajarnos del autobús, son los funcionarios los que suben. en primer lugar, un enfermera enmascarada me pregunta si voy a extender la epidemia de influenza que está acabando con el mundo. más tarde, la policía antinarcóticos. son dos hombres altos, negros, con gorra y gafas de sol. comienzan a pedir documentación cada uno a un extremo del autobús. yo estoy sentado en la parte media, así que cuando llega mi turno soy atendido por los dos. no dicen ni una palabra, ni siquiera tienen que pedirme el pasaporte porque ya hace rato que lo tengo en la mano. se manejan con movimientos tan lentos y calmados que da la sensación de ser ficctions. una especie de sobreactuación del papel de the quiet man. pienso que si llevara algo de droga encima no podría soportar los nervios de estar delante de semejantes sujetos que se toman su trabajo con tanta calma. quizás lo hacen precisamente por eso.


durante todo el viaje me he fijado en una chica que se sienta junto a la ventanilla contraria a la mía. ha venido la primera mitad del trayecto buscando, entre quejas sordas, una postura que le permitiera dormir un rato. es nativa, sus rasgos la delatan, aunque su forma de vestir indica que se pertenece a clase acomodada. menuda, morena, sexy, seductora, joven, amable, despierta, alegre, vivaraz, voz lubricada. lleva el pelo recogido en una improvisada trenza que le cae por encima de su hombro izquierdo. me presento preguntándole si es de tegucigalpa y si es tan amable de echarme una mano, que ando algo perdido. lo es. se llama michelle.

durante el resto de trayecto estamos charlando. pasamos de los casi mecánicos temas de conversación entre un forastero y una nativa a temas propios de colegas de siempre, para acabar contándonos la forma en la que conocimos a nuestros amores y la forma en la que los perdimos. mientras hablamos no deja de gesticular con las manos, con la cara, con su cuerpo. sus movimientos, involutarios, resultan tremendamente seductores. la forma en la se lleva la cara externa de la mano a la boca para disimular un bostezo tiene tanta carga sensual que resulta casi obscena. estoy encantado con ella y, por lo que a mi respecta, el autobús podría seguir hasta llegar al último callejón de la última lengua de tierra del sur de chile. es estudiante de arquitectura y tiene 23 años. parece algo decepcionada cuando me pide que calcule su edad y doy en el clavo.

-nadie piensa que tengo esa edad. la gente me echa 18 como mucho -me dice mientras se arrepiente de haberme echado a mi 26.
-no lo aparentas, desde luego. yo he dicho 23 por decir algo.

llegamos a la estación y michelle me acompaña al terminal para tratar de ayudarme a encontrar el autobús que debe llevarme a nicaragua. me recomienda unas comidas, me enseña algo de jerga local, me regala un billete del país y me pide que tenga cuidado. antes, durante los primeros minutos de nuestra larga conversación de advirtió de que tuviera cuidado porque tegucigalpa puede ser peligroso para alguien extrajero, pero ahora, después de varias horas de charla, no me lo advierte, me lo ruega. y lo hace de una manera que me conmueve.

-no te preocupes, estaré bien.
-está bueno.

nos despedimos con un abrazo flaco.


después de mucho preguntar y dar algunas vueltas, llego a la conclusión de que lo mejor es llegar al centro de la ciudad (la terminal está muy alejada), encontrar alojamiento y pasar la tarde paseando. el bus con destino a managua sale a las 5 de la mañana del día siguiente. para llegar al centro la forma más barata es mediante "un colectivo". se trata, en pocas palabras, de un taxi compartido. existen unas paradas -hay una justo frente a la estación- donde la gente se sube. cuando se completan todas las plazas, el taxista sigue una ruta fija. por supuesto tiene parada en el centro. durante el trayecto, mis tres improvisados compañeros pagan al conductor sin abrir la boca. pregunto al señor que se sienta mi lado -y que ha acomodado su codo en mis riñones- por el precio y me responde que un dólar. imito a mis colegas y le acerco el dólar sin decir ni pío. me sorprendo cuando veo que el conductor se gira y me devuelve cambio en moneda local. ni siquiera lo cuento.

lunes, 29 de junio de 2009

llegada a el salvador

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el autobús hacia san salvador sale cada hora, lo que me deja mucha flexibilidad de horarios. decido que salir a las 10 es una buena opción, asi que pongo el despertador a las 8 (la chica de la recepción me ha advertido de que el autobús puede salir antes si el conductor lo decide). no obstante, a las 6 de la mañana ya está toda la habitación iluminada. el sol entra por la ventana que hay junto a mi cama y por el pequeño tragaluz del techo del baño. es domingo por la mañana y pienso que probablemente esté penado por la ley levantarse a esa hora, pero ya conocen mi audacia, así que me levanto. si me apuro podré subirme al bus de las 7_30h. estoy seguro de que algunos de mis amigos aún estarán dormidos en españa, y eso que allí es siete horas más tarde.

antes de vestirme salgo a recoger la ropa que lavé anoche. no me sorprende nada descubrir que está tan mojada como cuando la saqué del agua, la humedad es terrible. no me queda más remedio que recogerla y meterla en una bolsa de plástico. ya veré qué hago con ella. recojo el resto de la habitación y bajo. en la recepción, la misma chica de anoche se ofrece para cuidarme el equipaje mientras doy un paseo.

-no debería pasear solo, señor. no es seguro, pueden asaltarle.
-no llevaré nada encima, no te preocupes.
-como usted guste.

no son ni las siete de la mañana de un domingo y la calle está ya llena de gente. es una especie de mercadillo callejero, pero más tarde me dirían que no es así, que esa actividad es la del día a día. compro una enorme pieza de pan, algo de beber y un poco de fruta con los pocos quetzales que llevo encima. la fruta es extraordinariamente barata, y puedo comprar 5 plátanos por un quetzal, que viene a costar unos 12 céntimos de euros al cambio. a pesar de que las calles son las mismas de ayer por la tarde, hoy me encuentro más seguro. probablemente influya el hecho de que no llevo nada encima, ni siquiera la cámara de fotos. a pesar de ello no quiero alejarme mucho de la estación, entre otras cosas porque salimos a las 7_30h.


en la sala de espera conozco a daniel. es un gringo que está en guatemala ayudando a la gente más pobre. vive en los angeles, pero pasa la mitad del año en centroamérica. su forma de hablar español me recuerda a una imitación de los morancos. tiene una cara risueña y despistada.

el autobús llega a la estación. es muy diferente al que me trajo de tapachula. se trata de un sucio autobús lleno de asientos desgastados y sin numerar. más tarde descubriré una encantadora gotera sobre mi asiento. siento que este tipo de autobuses son mucho más auténticos, y me siento más cerca de los nativos. casi todo el mundo va cargado con grandes bultos que el conductor se encarga de ir colocando lo mejor que puede en las tripas de autobús. cuando estoy subiendo los escalones, noto que alguien me tira de la camiseta.

-¿es esto suyo, señor? -me dice con voz ronquísima.

es un chico joven, muy alto y serio. lleva una gorra negra con el símbolo de nike, una camiseta blanca y un collar de cuero del que cuelga una piedra tallada. todo ello le da un aspecto peligroso. en su mano derecha lleva mi reproductor de mp3.

-sí, es mío, muchas gracias -le respondo asombrado.
-se le cayó al suelo ahorita mismo.

una vez más, la gente me da una lección. nunca habría apostado a que nadie de por allí tuviera un gesto similar. antes al contrario, en el rato que he estado les he prejuzgado y les he declarado culpables de robo, asalto, asesinato, secuestro tantas otras cosas. todos culpables. y ahora, el simple gesto de humildad y honradez del muchacho nike me pone en mi sitio. me avergüenzo. más tarde, después de estar medio viaje dándole vueltas, me acercaría a su sitio y trataría de regalarle el mp3, encontrándome con su rechazo.

-yo no quiero eso para nada, no sabría utilizarlo -me dice casi riendo.

no insisto, pero le ofrezco un plátano.

-acepta al menos esto.
-gracias señor, pero ya tengo comida.
-de acuerdo -digo resignado y con la sensación de haberle faltado al respeto.

al fin me siento en el primer lugar que encuentro libre, pero antes me encargo de tener la ropa húmeda aprovechando la cuerda que sujeta las cortinas de la ventanilla.y la bandeja donde se apoya la pantalla de televisión.


-¿y no nos van a poner ninguna película ni nada? -dice una voz a mi espalda-. ¿para qué son los televisores pues? -añade entre risas.
-para que la gente tienda sus calzones -responde otra voz antes de estallar en carcajadas.

es ese precisamente uno de los aspectos por los que prefiero viajar en autobuses más humildes en vez de hacerlo en primera clase: la gente charla, se comunica, se relaciona, se rie. no resulta complicado entablar una conversación con tres mujeres que se sientan justo detrás mío. me paso medio viaje de rodillas en mi sillón mirando hacia atrás (gracias biodramina). dos de ellas son hermanas de sorprendente parecido, pero pintado de rubio yema de huevo, y diente de oro abollado.

entre charla y charla llegamos a la frontera y se me pone la piel de gallina. sin embargo, esta frontera no tiene nada que ver con la que separa méxico de guatemala. es todo mucho más tranquilo, si bien el acoso de los cambiadores de divisa con sus fajos de dólares no tiene nada que envidiar a aquel. el trámite de la parte de guatemala es rápido, y el de la parte de el salvador aún más. para entrar al país ni siquiera tenemos que bajarnos del autobús. un enfermera con mascarilla me pide el pasaporte, me hace una encuesta acerca de la influenza y finalmente me da unos consejos de forma mecánica. tras ella, un policía de aduanas armado vuelve a pedirme la documentación. todo pasa rápido.


en el mismo momento en que la enfermera y el policía bajan del autobús, el conductor da un silbido al que acuden cinco o seis mujeres. son vendedoras ambulantes que suben al autobùs con palanganas llenas de comida y bebida. se pasean pasillo arriba y abajo recitando la carta con gracia y alegría. por un momento aquello parece un mercadillo. me sienta bien, en guatemala vi pocas risas. compro una quesadilla a una niña que me cuenta que bajan a la frontera dos veces al día, y que son ellas mismas quienes cocinan lo que después venden. me ofrezco a grabarla y acepta encantada. le hago ver que no es normal que alguien se deje grabar, que por lo general son bastante reacios a las cámaras de video y foto.

-eso es porque la gente teme por sus hijos. la gente cree que los extranjeros vienen al país para llevarse a sus hijos, por eso no les gustan que hagan fotos -me dice con seguridad.
-vaya. no tenia ni idea -respondo boquiabierto al comprobar que el miedo entre el turista del primer mundo y el nativo de centroamérica es recíproco.

entretanto, el autobús continúa su marcha subiendo penosamente la montaña mientras arrecia la lluvia. minutos después parará para dejar bajar a las vendedoras que se despiden de todos dándonos las gracias. continúo la charla con las hermanas teñidas. una de ellas se queda de que con el cambio de moneda está la vida mucho más cara.

-antes, cuando teníamos colones, todo era más barato. desde que entró el dólar americano hace unos años, todo ha subido. ahora cualquier cosa vale un dólar, es como si no hubiera nada más pequeño que un dolar. ¿cuánto te ha costado eso? -pregunta señalando mi quesadilla.
-un dólar
-¿ves lo que digo? antes, con colones, costaba la mitad -afirma enseñándome el diente de oro en una sonrisa de satisfacción.
-en españa pasó lo mismo con la entrada el euro. de repente todo empezó a costar un euro.
-a nosotros nos dijeron que con el dólar viviríamos mejor, pero está claro que sólo ha beneficiado a los ricos.
-exacto.
-mi hermano ha tenido que emigrar para buscarse la vida, porque aquí no podía más. fíjate que tuvo que dar al banco su casa para que le dieran dinero para el viaje a estados unidos. y todo para nada, porque a los pocos días de estar allá le detuvieron. ahora está en la cárcel. yo he tenido que pagar al banco el triple de lo que le dieron para no perder la casa.

mientras decía esto, se estaba asomando a la ventana para descubrir que se había pasado de parada. se levantó como si tuviera un muelle en el culo y empezó a gritarle al conductor.

-¡pare pare! que me he pasado mi parada. ¡ay santo cielo! otra vez igual. ¿por qué no me ha avisado? tanto platicar que he olvidado mi parada. y mi hijo me está esperando allá. ahora tendré que tomar otro autobús de vuelta.
-lo siento, es culpa mía, te he entretenido -le digo.
-¿cómo va a ser culpa suya, señor? -me responde mientras me mira con extrañeza en la cara, como si tratara de descubrir si le estoy tomando el pelo.

la entrada a la capital es radicalmente diferente a lo que me esperaba. después de entrar en ciudad de méxico y ciudad de guatemala, esperaba un sitio parecido, sin embargo, me sorprendo al comprobar que san salvador cuenta con grandes avenidas con preciosas medianas decoradas de plantas. en los minutos que tarda en autobús en llegar a la parada, y mientras callejea buscando la estación, puedo ver un enorme centro comercial, una univerisad, bonitas plazas, varios macdonald's y hasta un pizza hut. al fin se detiene el autobús y bajo entre el murmullo de dos viejas que se santiguan y dan gracias a dios por haber permitido que llegaran sanas y salvas. el apeadero es un sitio limpio y silencioso presidido por un ambigú. dos guardias de seguridad están viendo un partido de fútbol, y un cartel me hace sonreir.

INTERNET INALÁMBRICA

la búsqueda de hostel a través de internet es en vano. no hay mucha información de sitios de san salvador, y en los pocos locales que encuentro no se puede hacer reserva online. me rindo y decido hacerlo preguntando. después de un rato, encuentro a un limpiabotas que se ofrece a llevarme a un hostal. prefiero los hostels porque son lugares mucho más interesantes para conocer gente, pero dadas las circunstancias no puedo exigir nada más. se está haciendo tarde, y me gustaría aprovechar para darme un paseo.


la habitación es pequeña, pero más que suficiente. un baño minúsculo con una ducha con un solo grifo me anuncia que aquí tampoco tienen agua caliente. hago la mitad de la colada que me quedaba por hacer, y tiendo la ropa frente al ventilador. descanso unos minutos y decido que es buen momento para hablar con mi familia. hace ya 10 días que salí de casa y aún no tienen noticias mías. no es nada raro, y dudo que ninguno de ellos se haya extrañado de que no haya dado señales de vida. son las 5 de la tarde, y en españa serán las 12 o la 1 de la noche, ya no estoy seguro con tanto cambio horario. después de un buen rato de videoconferencia, una ducha y comer algo del pan que compré en guatemala, son casi las 7. está a punto de anochecer cuando me dispongo a salir. el recepcionista del hotel ya ha cerrado los postigos, la puerta y una reja interior. se asusta cuando le digo que voy a salir a dar una vuelta. si la chica de guatemala me lo desaconsejó, el viejo recepcionista directamente se niega a dejarme salir.

-no voy a dejarle salir, señor. es peligroso para usted -me dice con risa cariñosa.
-solo voy a dar un paseo, no me alejaré demasiado.
-no es una buena hora para pasear. hoy es domingo y las calles están solas. no es seguro.
-pero desde el autobús no parecía peligroso. guatemala me pareció mucho más peligroso.
-nunca he estado en guatemala señor, pero le aseguro que lo que usted ha visto desde el autobús no es la realidad.

me dejo convencer y me quedo en la recepción con él. se alegra de mi decisión y me invita a sentarme en la trastienda. está viendo un partido de fútbol. me siento, me ofrece una cerveza y nos ponemos a charlar de fútbol. hablamos de mágico gonzález y le digo que me gustaría hacerme unas fotos en el estadio que lleva su nombre.

-mañana puede hacerlas, un lunes por la mañana es seguro.
-salgo para honduras a las 5_30h de la mañana -le respondo.
-pues entonces tendrá que verlo desde el autobús.

después de un rato decido irme a mi habitación. trato de dormir un poco, pero el zumbido del ventilador que seca la ropa no me lo permito. necesitaría estar mucho más cansado para poder quedarme dormido con ese ruído del infierno. he puesto el despertador a las 4_30h de la mañana. en otro sitio, ni me hubiera molestado en buscar habitación, sencillamente me hubiera quedado en la estación. pero no estoy en otro sitio, estoy en san salvador.

domingo, 28 de junio de 2009

llegada a guatemala

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pasado el trago de la frontera, y sintiéndome un poco más miserable que un rato antes, el resto de camino transcurre con tranquilidad hasta entrar en la ciudad. después de unos segundos de paisaje industrial, el autobús se adentra en las calles de ciudad de guatemala; son estrechas y llenas de autobuses, lo que hace que apenas podamos avanzar. cada cruce de calles es un pequeño caos donde nadie parece hacer caso al semáforo. las aceras están llenas de quioscos y vendedores ambulantes de todo tipo de frutas y comida. aun desde el autobús puedo apreciar los olores a fritos y al maiz de las tortas. las tiendas están todas abiertas y hay un continuo hormigueo de gente. la mayoría de los negocios son talleres de reparación de pinchazos y llantas atestados de viejos neumáticos. todos los locales sin excepción están enrejados de arriba a abajo, aún estando abiertos. la gente tiene que arreglárselas para comprar a través de los barrotes. trato de grabar con la cámara, pero sólo recibo miradas de desaprobación de los guardas de seguridad que se apostan en las puertas. son pocos los negocios que no cuentan con alguien armado esperando en la entrada. la sensación de inseguridad es total; las terrazas de los edificios están rodeados por alambre de espino. en conjunto, la calle ofrece un aspecto que no debe diferir mucho de un campo de refugiados.


en el mismo instante en que estoy pensando qué haría si el autobús me dejara ahí, la azafata anuncia por los altavoces del autobús que estamos llegando al destino, que tengamos cuidado de no dejarnos nada porque, según advierte, la empresa no se responsabiliza de las pérdidas. yo he perdido mi repelente de mosquitos. antes he oído que ha caído al suelo en uno de los muchos vaivenes del autobús, pero ni me he molestado en ir a buscarlo, hay demasiada gente. de todas formas, nunca confié en su eficacia.

unos minutos después del anuncio de la azafata, el autobús me deja en tierra. es un solar embarrado y lleno de charcos que tiene una pequeña puerta de accesos a una terminal de autobuses. me acerco y recoger mi maleta. a diferencia que en españa, en los paises centroamericanos no te dejan coger tu maleta del autobús, tienes que pedírsela a la persona encargada.

-la mochila azul es mía -le pido.
-la contraseña por favor -me responde y espera.
-no conozco ninguna contraseña.
-sin la contraseña no puedo darle su mochila, señor.
-pero es que no me han dicho ninguna contraseaña -respondo tratando de disimular mi nerviosismo
-¿tiene usted el boleto? -me dice con resignación.
-sí, aquí lo tiene.
-pues aquí tiene usted la contraseña señor -me dice mientras me muestra un recibo que hay grapado al billete de autobús.
-ah, no sabía que eso era la contraseña, perdone.
-¿pués qué va a ser señor? -me dice finalmente con tono están-locos-estos-romanos.

dada ha estado todo el tiempo a mi lado, así que me imita y le entrega su billete. recogemos nuestros bártulos y entramos en la estación. cuatro taxistas se ofrecen para llevarnos mientras me acerco al mostrador a preguntar por el autobús que debe llevarme a san salvador. el señor que atiende el mostrador me dice que sólo hay un viaje al día, a las 4 de la tarde. tarda nueve horas y cuentas 220 quetzales. sólo me queda buscar un sitio donde pasar la noche. me dice que lo mejor que puedo hacer es irme al centro, donde hay otra terminal de autobús dentro de la cual hay un hotel.

-desde allí salen autobuses cada hora, y además son más baratos. estos son de lujo y por eso cuestan el doble. con lo que te costará comprar acá el boleto, puedes pagarte un taxi a la estación, la noche de hotel y aún te queda para comprar el botello allá.

agracezco los consejos de señor, que debe de haberme visto pinta de no tener un chavo. le explico a dada mi plan y le pregunto por los suyos. ha quedado en llamar a un amigo para que venga a recogerle, pero no sabe desde donde llamar. vuelvo a hacerle de intérprete. conseguimos algunas monedas y nos dirigimos al teléfono público que hay en la calle. al cabo de una hora llega un muchacho joven y oscuro con un viejo ford familiar. conoció a dada a través de la meditación budista, y se presenta a mi como yuktatman, su nombre espiritual (más tarde me confesaría que su nombre terrenal es julio). se ofrece a llevarme a la estación, porque ir en taxi no es seguro. se disculpa por no poder ofrecerme alojamiento, pero es que dada no se va a quedar con él, sino con un amigo común.


-no te preocupes. con que me lleves a la estación tengo más que suficiente. me quedaré en el hotel.

por el camino charlamos de la situación actual de guatemala, el nivel de pobreza, la corrupción de los diferentes gobiernos, el potencial de una región rica en petróleo, uranio, fruta... la conversación es agradable. dada calla. en diez minutos estamos en la estación. hemos recorrido calles por las que no me hubiese atrevido a caminar solo, y me alegro de la suerte que he tenido. la terminal está llena de antiguos autobuses escolares norteamericanos decorados como un arcoiris de colores estridentes. nos despedimos y me voy directo a la habitación.


estoy deseando descansar, pero antes aprovecho que tengo tiempo para poner el orden mi mochila y lavar la ropa. compruebo que no hay agua caliente, así que me doy una gloriosa ducha de agua fría. hace un calor asfixiante y una humedad del 90%. salgo de la ducha y encuentro que estoy más mojado que cuando estaba dentro. me visto y decido salir a dar un paseo, pero antes vacío todos los bolsillos, no llevo absolutamente nada, ni siquiera el pasaporte, que dejo escondido bajo las sábanas de la cama. el paseo no dura mucho porque no consigo quitarme de encima la sensación de inseguridad. nunca he sentido nada igual.


vuelta a la habitación, me tumbo en la cama aún vestido. de vez en cuando se oye el atronador ruído de un avión al pasar, por lo que deduzco que estoy cerca de un aeropuerto. de fondo se oye música de verbena, y es que es sábado por la noche.

-si pensáis que vais a impedirme dormir con esos ruiditos, estáis muy equivocados. ni una bomba de hidrógeno podrá alterar mi descanso -pienso de forma absurda.

sábado, 27 de junio de 2009

frontera entre méxico y guatemala

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dada y yo subimos juntos al autobús. las azafatas nos explican que en breve llegaremos a la frontera con guatemala, y nos advierten que cada uno de nosotros tendrá que tramitar su documentación por su cuenta. la cosa va así: el autobús nos deja en la parte norte de la frontera, aún en méxico y nos espera en la parte sur, ya en guatemala. la gestión del papeleo es cosa nuestra. pone especial énfasis en que sólo esperará 25 minutos.

-si alguno de ustedes sufre un retraso por algún problema administrativo, lamentablemente no podremos esperarle -advierte la azafata sin cambiar el gesto.

le traduzco al inglés a dada lo que nos han contado. chapurrea algo de español, pero no lo suficiente para entender lo que estaba diciendo la muchacha. el autobús se detiene al fin, abriéndonos las puertas del infierno del tercer mundo. nada más cruzar el umbral, la confusión. decenas de personas nos rodean y nos hablan sin parar. lo hacen muy rápido, repitiendo lo mismo una y otra vez. alguno incluso se atreve a hacerlo en inglés. dada y yo avanzamos con paso firme. le digo que no se separe de mi y que vigile bien el pasaporte.

-si perdemos el pasaporte tendremos problemas dada.
-sí, problemas grandes -responde asintiendo con la sonrisa que nunca pierde.


a pesar del caos, se diría que existe cierta organización entre la masa de gente que nos rodea. una especie de ejército donde cada uno desempeña un papel en función de su edad. así, niños de rostros apagados suplican por una moneda. son la mayoría, y son los que más se acercan, perdiendo el miedo incluso a tirarte de la camisa para que les hagas caso. yo no saco las manos de los bolsillos, donde protejo los pocos billetes que llevo encima. el resto de cosas valiosas ya han debido de cruzar la frontera en el autobús. el pasaporte va seguro en la mochila que llevo pegada al pecho. en el siguiente nivel de jerarquía se encuentran los adolescentes y muchachos que se ofrecen a ayudarte a gestionar el papeleo. te indican, sin que les preguntes, el camino que debes tomar. se ponen delante de nosotros y no dejan de hacernos gestos para que les sigamos. dada y yo avanzamos por inercia, sin saber bien dónde vamos, pero esperando encontrar una indicación, un cartel. yo voy delante, y el resto de pasajeros del autobús se ha perdido entre la muchedumbre. finalmente, los generales de este ejército de desheredados los forman hombres que sostienen fajos de billetes y que se ofrecen para cambiar pesos mexicanos por quetzales guatemaltecos. no dejan de decir cifras en una especie de regateo sin respuesta. yo permanezco en silencio y trato de dar imagen de seguridad avanzando con paso lento. intento no mirar a los lados para dar a entender que conozco el camino. decido que no hablaré o lo haré en inglés, pensando que eso puede ser de ayuda a la hora de soportar el asedio.

al fin llegamos a la primera oficina, la mexicana. entramos y guardamos cola. la tropa espera fuera, como vampiros que deben ser invitados a entrar. en pocos minutos hemos resuelto el trámite, que consiste en entregar el permiso que nos dieron a la entrada. hago de intérprete a dada mientras veo como el funcionario mexicano imprime un sello en mi pasaporte. salimos y de nuevo nos encontramos rodeados. ni uno sólo de los peones ceja en su empeño, no pueden permitírselo si quieren ganarse una moneda con la que poder comer. cruzamos el puente que hace de linea de separación entre los dos paises y llegamos al lado guatemalteco. en esta ocasión no hay oficina en la que podamos protegernos, puesto que la ventanilla de la aduana da directamente a la calle. entrego mi pasaporte.

-son 20 quetzales o 2 dólares americanos, señor.

no tengo quetzales, lo único que tengo son euros, algunas monedas mexicanas y un billete de 10 dólares que conservo desde el primer día. le entrego el billete.

-aquí tiene.
-lo siento señor, pero no puedo darle cambio, necesito que me de la cantidad exacta.

los generales aprovechan la ocasión para lanzar una última ofensiva, pero he construído una armadura blindada que hace que los ignore sin pararme a pensar que realmente pueden serme de ayuda. estoy totalmente confundido, y pienso en qué ocurriría si no pudiera pasar a guatemala ni volver a méxico. después de unos segundos en blanco, me doy la vuelta en un gesto con el que trato de buscar inspiración y veo la fea cara de dada sonriendo.

-dada, ¿tienes cambio?
-¿qué necesitas?
-hay que pagar dos dólares, pero no tienen cambio de diez.
-no es problema -dice mientras saca de su riñonera saca dos dólares.
-pero ¿tienes más para tí?
-sí, tengo más.
-en cuanto lleguemos a la ciudad te los devuelvo ¿vale?
-no es problema

pagamos las tasas, nos sellan los pasaportes y seguimos nuestro camino buscando el autobús. me maldigo por no haber memorizado la matrícula o al menos algún rasgo que haga que pueda distinguirlo, sin embargo eso no va a ser un problema puesto que sólo hay un autobús esperando. el acoso por parte del ejército sigue hasta la misma puerta, pero se desvanece como por arte de magia en el justo momento en que pisamos la escalera. me siento en mi plaza y me asomo a la ventana con la cabeza apoyada al cristal mientras pienso en todo lo que ha pasado. poco a poco voy desmontando la coraza que he construído para la batalla que acaba de terminar, me relajo y reflexiono. sigo teniendo las monedas mexicanas en el bolsillo y me pregunto por qué no las repartido entre los niños. en total no suman más de 3 miserables euros al cambio. supongo que no dar monedas formaba parte del mecanismo de defensa que se activó en el momento en que me sentí asediado por tanta gente y ruído. trato de excusarme a mi mismo pensando que si no lo hice fue porque eso podría haber sido interpretado como una muestra de debilidad, como enseñarles una hebra, tirando de la cual se desharía una prenda. definitivamente, si quiero mantener el jersey bien tejido, he de tener cuidado con las hebras sueltas.

pasan unos minutos. puedo ver como un hombre escuálido, negro y seco, con un esfuerzo titánico, carga a sus hombros un bulto de 20 sillas de colores apiladas las unas sobre las otrasa. dos taxistas pelean a gritos por un sitio en la cola, una furgoneta de turistas cruza con cinco niños colgados de las ventanillas y otros tanto corriendo alrededor. puedo ver a los cambiadores agitando sus fajos de billetes para llamar la atención de los visitantes. puedo ver a la policía y el ejército, armados hasta los dientes, patrullando en jeeps destartalados. puedo ver niños vendiendo cinturones, vendiendo helados. veo perros flacos por todoss sitios.


decido que no tengo excusa para no haberle dado las monedas a los niños, así que bajo del autobús. busco con la mirada, pero ningún niño se acerca a los aparcamientos. me adentro en la zona de guerra hasta llegar a la altura de dos niños a quienes llamo.

-toma -le digo a uno de ellos mientras le enseño la moneda.

el niño la agarra y sale a correr dando saltos. el otro le sigue sin darme tiempo siguiera de decir que tengo otra para él. le doy un grito que es ignorado. decido acabar cuanto antes, porque está empezando a afectarme demasiado, así que me adentro más hasta que vuelvo a estar rodeado de niños. le doy el resto de monedas a uno de ellos, mientras les digo a los demás que son para todos, que se las repartan como quieran. el niño que tiene las monedas da un empujón al primero que le pide su parte y sale corriendo. el resto salen corriendo detrás. creo que he metido al chaval en problemas. es la ley de la selva.

vuelvo al autobús a petición de la azafata, que me dice que no es seguro. al cabo de media hora volvemos a ponernos en carretera. mientras ponen una película, me acomodo en mi sitio y dormito escuchando música. hace frío, el aire acondicionado del autobús está demasiado alto.

viernes, 26 de junio de 2009

boletín especial

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buenos días,

como ya sabrán, las entradas que voy publicando en el blog van con unos días de retraso -ahora mismo tengo programadas desde hoy hasta el día 30-. eso hace que yo vaya más adelantado de lo que indican los post. el caso es que dentro de una hora comienza la parte más complicada -y espero que divertida- de mi viaje: tengo que cruzar la frontera de panamá con colombia, el famoso tapón de darien, un buen sitio para elegir en la porra "¿dónde será secuestrado pedro?". xD

sólo escribo el post para que si me pierdo sepan por dónde empezar a buscarme. ;-)

http://es.wikipedia.org/wiki/Regi%C3%B3n_del_Dari%C3%A9n

¡deseenme suerte!

llegada a tapachula

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a pesar de ser un autobús cómodo, no pego ojo en toda la noche. tampoco tengo ganas de escribir ni de leer ni de escuchar música. me limito a cerrar los ojos y dejar pasar las horas en un pesado dormitar que me hace perder la noción del tiempo. a medida que avanza la noche empiezo a sentir las primera molestias estomacales. era previsible que llegara este momento, sobre todo teniendo en cuenta que no me he cortado ni un pelo a la hora de comer o beber. tengo que pasar por el escusado del autobús un par de veces, pero confío en que no irá a más. pasa la noche, y ese amanacer que no llega; la niebla y la lluvia oscurecen el día. tendré que ir acostumbrándome a las eternas lluvias tropicales.

el paisaje de la parte sur de méxico es radicalmente diferente al del norte. mientras allí viajábamos por autopistas de rectas kilométricas y rodeados de cactus y piedras, ahora el autobús avanza por una estrecha y serpenteante carretera rodeada de espesa vegetación salpicada de poblados de chavolas, vacas pastando, hombres trabajando el campo y gente seria, siempre seria. no he visto ni una sonrisa desde que entramos en chiapas. antes de llegar a tapachula, el ejército hace detenerse al autobús y durante 10 minutos revisan el maletero. son tres hombres armados con fusiles. mientras uno de ellos habla con el conductor del autobús, los otros dos se dedican a ir mirando las maletas. debe tratarse de un registro rutinario porque no parece que estén abriendo las maletas. pasado el trago, llegamos a nuestro destino.

como cualquier pueblo fronterizo, tapachula es un pueblo con mucha actividad, lleno de vida y de gente. nada más bajar del autobús, una azafata anuncia que está a punto de salir un autobús con destino a guatemala ciudad. acuerdo el precio con ella y le pido cinco minutos para asearme un poco.

-no se preocupe señor, aún tenemos tiempo de sobra.

debo acostumbrarme que por estas tierras los horarios no tienen mucho sentido. el autobús saldrá cuando tenga que salir, sin necesidad de encorsetarse en un horario mezquino. en la sala de espera conozco a dada, un budista japonés que se dedica a la meditación. se trata de un anciano flaco y bajo, con una larga barba y pelo gris. recuerda al entrenador de las antiguas películas de kárate que solían poner en el cine de álora. huele mal, aunque imagino que mi olor no debe de ser mucho más agradable. hace años que viaja por el mundo llevando su mensaje de meditación a todos los rincones. como yo, viene de méxico y se dirige a guatemala, donde debe encontrarse con un amigo. allí pasará unos meses. me han sobrado algunos pesos mejicanos después de pagar el billete (para lo que he tenido que sacar dinero del cajero) y me ofrezco para invitar a dada a algo de comer y beber.

-no puedo, hoy es día de ayuno.
-¿ni siquiera agua?
-nada. son cuatro días al mes. ayuda a la meditación.
-te acompaño entonces. hoy ayuno yo también.


dada ríe. empezamos a hablar de japón. le cuento que si todo va bien aterrizaré allí a mediados de julio. me da una lista de sitios que debo visitar, pero le advierto que no voy a estar mucho tiempo. aún así, insiste en decirme lugares interesantes. incluso me apunta sus nombres en mi libreta de notas. también me apunta algunas frases que pueden serme de utilidad: gracias, por favor, ¿dónde está la estación de autobuses? subimos juntos al autobús.

jueves, 25 de junio de 2009

desayuno con diamantes

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mi cerebro se activa a las 6 de la mañana. no me permite dormir ni un minuto más. ni siquiera hago el intento de estirar un poco las horas de sueño y salto de la litera. una ducha rápida y bajo a la cocina del hostel con el ordenador debajo del brazo. ocupo el mismo sitio en que estuve escribiendo la noche anterior hasta casi las 2; lo elijo por ser el único sitio en todo el hostel donde puedo estar sentado escribiendo con un enchufe a mano. saco mi libro de notas y me pongo a leerlas y a rememorar los instantes que he inmortalizado con decenas de temblorosos garabatos.

estoy solo, por supuesto. la lluvia azota el cristal y ya a esa hora empieza a hacer el suficiente calor como para hacerme sudar por la frente. escribo sin parar. tengo tantas cosas que decir, que el teclado del ordenador se convierte en mi enemigo por no permitirme teclear tan rápido como necesitaría. como siempre, acabo rindiéndome y dejando libres algunas historias. tengo intención de seguir escribiendo hasta las 8, momento en que comienzan a servir el desayuno, desayunar fuerte, coger la mochila y largarme a patear la ciudad durante toda la mañana.

a eso de las 7_30h llega la cocinera. carga con una enorme pila de cartones de huevos. en cuestión de minutos, tiene en el fuego dos sartenes, una con bacon y otra con el revuelto de un centenar de huevos. el olor del bacon y los huevos despierta mi apetito; anoche no cené. la cocinera se llama rosa.

-rosa, eso huele muy bien. no sé si voy a poder esperar a las 8 para empezar a desayunar.
-puedes ir comiendo fruta fresca mientras termina de hacerse.
-¿todas las mañanas cocinas tantos huevos?
-siempre ponemos dos huevos por cada uno de ustedes.
-pues yo hoy pienso comerme seis, así que habrá dos que no los van a probar -bromeo.

vuelvo a mi sitio con un plato colmado de sandía fresca y sigo escribiendo.

-¿no has dormido en toda la noche? -dice una voz a mi espalda.

me giro y veo a una chica joven, pelo largo y enredado, cara limpísima y ojos pegados por el sueño.

-anoche cuando me fui a la cama estabas exactamente en la misma posición que estás ahora -añade.
-bueno, he dormido un par de horas -le digo sonriendo.

al principio no caigo en la cuenta, pero luego recuerdo que la noche antes había en la cocina una chica leyendo. no la he reconocido porque usa gafas de pasta negra para leer.

-¿eres español?
-sí, soy de málaga. ¿de dónde eres tú?
-soy de inglaterra, de un pueblo cerca de londres.
-hablas muy bien español.
-estuve un año trabajando en zaragoza, luego 6 meses en bolivia y ahora llevo otros 6 meses aquí en méxico, aunque estoy pensando en irme a perú por una temporada. y tú ¿qué haces en df?
-estoy de vacaciones.

la conversación se trivializa hasta que me decido a preguntarle.

-¿cómo decide alguien llevar esa vida? es decir ¿en qué momento tienes la certeza de que quieres dejar tu país e irte a buscarte la vida por el mundo? ¿qué se necesita?
-no sé si te entiendo. yo siempre tuve el sueño de aprender idiomas, así que me busqué un trabajo en españa y allí estuve durante el tiempo necesario para aprenderlo. luego me salió la oportunidad de viajar a américa y me vine. nada más.
-ni siquiera has tenido que tomar una decisión porque ni siquiera te has enfrentado a un dilema. es extraordinario. yo hace tiempo que busco acumular el valor suficiente para dar el paso de cambiar de vida, pero no lo consigo.
-no sé, me imagino que ser cuestión de saber lo que quieres.
-¿cómo te llamas?
-mary
-yo soy pedro.
-encantado. oye, tengo que irme.

mientras hablábamos, un chico cargado de bolsos y mochilas, con una guitarra cruzada a la espalda se nos ha acercado y con un gesto casi imperceptible le ha indicado a mary que tienen que irse.

-que tengas suerte pedro.
-lo mismo mary. ciao.

la conversación se ha desarrollado de pie, frente a la tostadora, y ha durado lo que han tardado en tostarse las dos rebanadas de pan de mary y las dos mias. las agarro, las cubro de mermelada de fresa y vuelvo a mi sitio. estoy tratando de digerir las palabras de mary cuando se planta delante de mi un chico alto, de pelo rubio y barba descuidada. lleva un plato con huevos en una mano y un vaso de café en la otra.


-¿te importa si me siento aqui contigo?
-al contrario, adelante.

la mañana ha ido avanzando, y cada vez hay más movimiento en la cocina. compartimos el desayuno. se llama nico y es francés. vive en méxico desde hace unos 8 meses, pero no consigue encontrar trabajo estable. se dedica a la construcción. según me dice, su sueño es irse a colombia, le gustaría vivir en la selva, pero no está seguro de estar preparado.

-vivir en la selva es duro -acordamos.

mientras nos tomamos el café, se nos une roberto, un italiano de los prealpes. la historia de roberto es diferente a las que he oído esta mañana. él está en méxico por una mujer. lleva cinco meses buscando trabajo, pero lo tiene muy complicado porque no tiene papeles. para conseguirlos necesitas que alguien le haga un precontrato y esperar a que la burocracia decida expedirle el permiso. será entonces cuando pueda trabajar.

-ninguna empresa hace eso. si quieres contratar a alguien, no puedes estar esperando a que inmigración le de un permiso. puede tardar meses, incluso años. es una locura -se queja roberto-. pronto se me acaba el permiso de turista, y no sé qué hacer.

roberto es cocinero, y se interesa por las posibilidades que tendría en españa. también fantasea con montar por su cuenta un restaurante italiano en méxico. nos intercambiamos los correos electrónicos y nos deseamos suerte.

ya son casi las 10 y sigo sentado delante del ordenador. a ratos escribo y a ratos me desconecto y me pongo a darle vueltas a las historias de estas personas que no hacen más que dejar en evidencia mi cobardía al enfrentarme a la vida. trato de reflexionar sobre esto cuando me interrumpe la caricia de un hilillo de voz rubio.

-¡ey!
-¡ey! ¡qué tal! al final encontraste hostel ¿no? -me intereso.
-sí, quería pedirte disculpas por lo de anoche. estaba un poco confusa con tanta gente, tanto ruído, y los nervios de no tener donde dormir y todo eso -dice la chica rubia.
-no te preocupes, te entiendo perfectamente.

la noche antes, mientras estaba con igor en la recepción del hostel mundo joven, la vi entrar. enseguida me fijé en ella por su pelo rubio, su cara de perdida, su mochilita azul y su forma de andar. se fue directa al mostrador a preguntar por un sitio donde pasar la noche. yo ya sabía que no tenían ni una cama libre, porque yo mismo tuve que cambiarme de hostel ese mismo día, así que me levante y la abordé cuando salía.

-¿si necesitas un sitio donde pasar la noche puedo ayudarte?

me miró con cara de miedo, me hizo un gesto con la mano para que la dejara en paz, y aceleró el paso. a la mañana siguiente tuvo el bonito gesto de disculparse.

-siéntate, desayunemos juntos -le digo señalando una silla vacía.
-¿tú no has desayunado ya? -me pregunta mirando los restos de comida que había sobre la mesa.
-suelo desayunar varias veces -respondo con una sonrisa.

bastaron unas cuantas frases para que ambos nos diésemos cuenta que habíamos conectado. se llamaba lena, alemana de hamburgo, rubísima y muy atractiva. joven, despierta, risa fácil y graciosa, mirada de cristal azul. la conversación fluyó sola, mitad en inglés mitad en español -lena tiene algunos amigos españoles, e incluso estuvo una vez en la semana santa de málaga; me gustó la forma en la que suena la palabra "trono" al salir de sus labios-.

-lena, ¿qué crees que tiene que ocurrir para que alguien se decida a cambiar de vida?
-no lo sé, imagino que tiene que darse cuenta de que su vida no le gusta. ¿es que no te gusta la tuya?
-no lo sé, en parte sí, me gusta mucho, pero hay una parte que no me encaja. y no sé si aguantarme o rebelarme.
-no creo que pueda ayudarte. yo estoy contenta con mi vida.
-ya sé que no puedes ayudarme, solo me desahogo contigo. es que esta mañana he conocido a gente a los que les ha resultado muy fácil llevar una vida con la que yo suelo fantasear. pero en fin.

intercambio de emails y direcciones. proyectos de viajes juntos. le prometo el primer ejemplar del libro, le prometo visitarla en hamburgo, me promete visitarme en málaga. un tierno abrazo, un tierno beso.


son casi las 11, y después de tantos desayunos con diamantes apenas tengo ganas de salir a visitar la ciudad.

-how do you say snake in spanish? -grita un viejo de largo pelo blanco.

levanto la vista para ver si me está preguntando a mi y me repite la pregunta.

-¿cómo tú dices snake?
-culebra.
-¿culebrrá?
-culééééébra.
-culeéééébrra.
-eso es.
-culeéééébrra. gracias amigo.

decido salir, así que comienzo a recoger mis cosas al tiempo que el viejo greñudo llega a la cocina con varias bolsas de tomates, cebollas y otras verduras. me acerco.

-¿vas a cocinar una culebra? -le digo son sorna.
-¡no! -me responde riendo.

se llama glen, es de estados unidos y hippie. me cuenta que lo es desde 1969, cuando tenía 15 años. desde entonces ha vivido de acuerdo al espíritu del moviento hippie. me cuenta que su filosofía de vida es: si respetas a la tierra, la tierra te respetará a tí.

-yo siempre la he respetado, así que ella me trata bien.

la conversación es muy interantes, y además glen habla despacio y con una pronunciación excelente, lo cual hace que capte toda mi atención. le escucho boquiabierto decir que jamás ha tenido una tarjeta de crédito, y que de hecho no tiene cuenta de banco. me cuenta que siempre fue la oveja negra de su familia, que nunca le entendieron, que siempre se rigeron por los convencionalismos, y que nunca pudieron superar tener un hijo hippie.

-ahora están todos muertos. yo soy el único miembro de mi familia, estoy solo. la realidad es que siempre he estado solo, pero eso no quiere decir que no les eche de menos. eran mi familia y les quería -comenta sin perder la sonrisa de la boca.

estamos casi una hora charlando, aunque la mayor parte del tiempo es glen quien habla. me cuenta todos los sitios en los que ha estado, me refleja de forma certera la sociedad norteamericana en la actualidad o sencillamente me da la receta de las ancas de rana que probó en la india una vez. un tipo realmente interesante. antes de despedirme de él me pide que respete a la tierra.


-mucha gente está viva, pero es como si no lo estuviera. están aquí en la tierra pensando en que cuando mueran irán al cielo, y no se dan cuenta de que el cielo es esto, que ya están en el cielo.

bajo a la calle con la moral tocada y con la intención de dar un paseo. en recepción me dicen que igor ha dejado un recado para mi, que me espera en su hostel. me acerco y propone que nos demos una vuelta en bici por la ciudad. me parece una excelente idea para terminar mis dos días de turista en méxico. agarramos las bicis y pasamos el resto de la mañana jugándonos la vida en las carreteras de una de las ciudades con mayor caos circulatorio del mundo. a las 2 volvemos, porque el autobús que me llevará tapachula, en la frontera con guatemala, sale a las 3 y media. nos despedimos con un abrazo, y me lanzo a la locura del metro atestado de gente. ni siquiera tengo tiempo de comer, y llego a la estación con un par de minutos de adelanto. aun así tengo que esperar media hora porque el autobús va con retraso. la espera se me hace larga, el anden huele a estiercol y tengo ganas de vomitar. antes de subir al autobús soy sometido a un cacheo por parte de una policía baja, gorda y borde. no sé para qué lo hacen; llevo una pequeña mochila pegada al pecho, debajo de la camiseta, llevo una cámara de fotos en un bolsillo, una cámara de video en otro, un aparato repelente de mosquitos del tamaño de un mechero en otro bolsillo, en la pernera del pantalón, llevo una libreta de notas en la otra pernera. llevo a la espalda una mochila en la que cabría un f16, y llevo en el pecho otra mochila de mano. me cachea y me dice que muy bien, que pase.


subo al bus. me acomodo y me pongo a leer mientras ponen una película cuyas voces recuerdan a scoobie doo. por delante, 18 horas hasta llegar a tapachula, en el estado de chiapas, pueblo fronterizo con guatemala y mi próximo destino.

turismo en df

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la risa estridente de adriana me despierta por la mañana. tengo un descomunal dolor de cabeza y me cuesta un buen rato ser capaz de saber dónde estoy. son las 8 en punto de la mañana, y por la ventana de la habitación entra la clara luz del día y el ruído de una amalgama de conversaciones matinales. debajo, en el bar la gente hace ya tiempo que está desayunando. recuerdo que la noche antes había quedado con adriana en ir con ella y las demás chicas a una excursión que organizaba el hostel. me visto dispuesto a bajar a decirle que no iré. mientras bajo, con los ojos aún cerrados y sin siquiera haberme lavado la cara, me cruzo con igor. tiene un aspecto horrible.

-anoche, cuando nos fuimos a la cama, alex bajo a por unas cervezas y estuvimos otro buen rato en la habitación.
-joder tío, yo no puedo tirar de mi alma, estoy molido.

bajamos y le digo a adriana que no iré con ellos. reacciona como si ni siquiera supiera que habíamos quedado y me siento ridículo durante unos instantes, aunque inmediatamente lo olvido. tengo un hambre atroz, así que sugiero que nos sentemos a desayunar. me tomo 4 tazones de cereales con leche, dos tazones de sandía con yogur y un par de tostadas con mermelada de fresa. durante el desayuno, igor me comenta su intención de hacer una excursión a las ciudad de teotihuacán. teme no poder hacerla, puesto que le han dicho que se necesita un mínimo de 5 personas, y hasta ahora sólo él se ha apuntado. mientras le escucho me doy cuenta de que yo aún no tengo planes para ese día. el día anterior pasó todo tan rápido que no he tenido ni un minuto para preparar mi vista a una de las ciudades que más ganas tenía de ver. en principio me muestro un poco reacio a la excursión, pero cambio de opinión y decido apuntarme, aunque aún debemos esperar a que se complete el grupo. mientras tanto, subo a la habitación a asearme un poco.

zaly es una mexicana de piel morena y ojos oscuros. tan alta como yo, tan delgada como yo, de pelo larguísimo y ondulado. tiene voz de chicle de fresa y una seductora sonrisa que nos regala a cada momento. zaly será nuestra guía. el grupo de turistas lo componemos finalmente igor y yo. en otras circunstancias se habría suspendido, pero la situación económica es grave, y hace ya varios días que zaly no logra formar un grupo mínimo para salir, así que decide seguir adelante aunque ello le suponga perder dinero.

-aunque hoy haya perdido dinero, al menos la gente puede ver que las excursiones siguen vivas. además, espero que usdedes lo hayan pasado bien y lo cuenten a sus amigos -nos confesaría zaly al final del día.


me pongo la gorra de turista, dejo la mochila y los prejuicios en la consigna del hostel y nos ponemos en marcha. nos moveremos en un minibús que conduce rodolfo, un mexicano serio, callado y cortés. la primera parada es en la plaza de las tres culturas. zaly nos ilustra con una interesantísima charla sobre la cultura prehispánica en su país. no hay más que verla para darse cuenta que disfruta mucho de su trabajo. visitamos ruinas, santuarios, iglesias y talleres con la banda sonora de zaly pronunciando imposibles nombres de dioses.

el almuerzo consiste en una degustación de productos típicos de la zona, incluyendo algunos chupitos de diferentes tipos de tequila. igor se saca de la chistera una bandeja de jamón de bellota de su tierra que comparte con zaly y conmigo. es la primera vez que zaly prueba el jamón, por lo que casi podría decirse que asistimos a una ceremonia religiosa, a un bautismo. la última parte de la excursión es la visita a las pirámides de la ciudad de teotihuacán. nos hacemos unas fotos, subimos a la pirámide de la luna y el sol y esquivamos a decenas de vendedores ambulantes. fijamos una hora y un lugar de encuentro para tomar el viaje de vuelta a la ciudad. igor y yo llegamos pronto y nos sentamos a esperar. media docena de vendedores tratan de ganarse la vida con pequeñas figuras de obsidiana y otras piezas de artesanía local.


-¿no quiren una figura? es bien bonita y muy barata.
-no gracias.
-¿son españoles? si son españoles se las dejo más baratas.
-no gracias.
-te cambio tu reloj por esta figua -me dice señalándome.
-no puedo, necesito el reloj para saber la hora.
-y por tus zapatos -pregunta a igor.
-¿y cómo se supone que me vuelvo? ¿descalzo?

las ofertas de trueque las hace un vendedor alto, de pelo gris, grandes y peludas patillas, camisa blanca y gesto de embustero. tiene un palillo en la boca que no deja de mover de un lado a otro con habilidad. incluso consigue dejarlo pegado a su labio inferior mientras habla, para rescatarlo con un rápido movimiento de la lengua.

-¿no les gustan estas figuras para sus casas? -insiste un joven.
-no se trata de eso. son muy bonitas, pero no podemos comprar nada, porque acabamos de empezar el viaje, y no podemos cargar con el peso durante los meses que nos quedan.
-siempre dicen lo mismo, si no es porque es el principio del viaje es porque es el final de viaje, pero el caso es que nunca compran -se queja el joven.

el resto de vendedores se ha dado por vencido y se alejan en busca de nuevos turistas a quieres ofrecer sus preciosos artículos. el joven se queda. se llama alfredo y trata de ganarse la vida y mantener a su familia vendiendo artículos de artesanía desde hace años. vive malos tiempos.

-antes yo vivía bien de la venta. tengo mujer e hijo, y de aquí sacaba lo suficiente para mantenerlos bien. incluso a veces podía permitirme algunos pequeños caprichos, como dejar de trabajar un día para ir a pasear, o una vez incluso fuimos al cine.

siento un puñetazo en la boca del estómago.

-seguramente para ustedes eso sea normal, pero aquí no. y menos ahora. ahora no conseguimos vender casi nada. yo hace cuatro días que no vendo ni una sola pieza. si no vendo, no puedo comer. la culpa la tienen los talleres de alrededor. son todos del mismo dueño. ¿eso es un monopolio no? -pregunta inseguro.
-sí
-¿venís con guía?
-sí, hemos quedado aquí con ella.
-seguro que os ha llevado a un taller. se ponen de acuerdo para llevar a los turistas allí. luego se llevan una comisión de lo que venden. cuando lleguan aquí, la mayoría ya ha comprado.
-pero eso es algo normal ¿no?
-a nosotros nos está dejando sin trabajo. van diciendo por ahí que los vendedores ambulantes les vamos a engañar o les vamos a robar. los asustan y nosotros no podemos hacer nada, no podemos defendernos. sobre todo con los extrajeros. yo soy analfabeto, no se idiomas. ninguno de nosotros sabe idiomas, entonces ¿cómo se supone que podemos defendernos? ¿cómo podemos explicarle a un turista extranjero que lo que le han dicho de nosotros es mentira? no podemos, no tenemos forma de defedendernos de sus calumnias.
-a nosotros no nos han dicho nada que de que nos fuesen a robar.
-puede que no, pero siempre lo hacen.
-imagino que también habréis notado el asunto de la gripe ¿no?
-la gripe es un engaño. yo no conozco a nadie que haya enfermado, ni conozco a nadie que conozca a alguien que haya enfermado. en las noticias hablan mucho de la enfermedad, pero aún no ha salido nadie que esté enfermo. con lo fácil que sería irse un día a un hospital y decir: estos son fulano y mengano, y tienen la fiebre. es todo mentira, es sólo una forma de asustar a la gente.
-pero ¿a quién puede beneficiar ese engaño? imagino que estará perjudicando mucho a todo méjico.
-a los vendedores de mascarillas -dice entre risas el tipo del palillo, que se hace un rato se ha incorporado a la conversación.
-miren -continúa alfredo- yo soy analfabeto. todos estos también lo son. en méjico hay muy poca gente que estudie, la mayoría no sabemos nada. si el gobierno se inventa una cosa así, en los noticieros no se habla de otra cosa, pero mientras tanto pueden hacer cosas sin que la gente se fije. resulta que durante estos meses se va aprobar una ley que permite a posesión de droga siempre que sea en una cantidad pequeña, para consumo propio.
-pero aquí en méjico es ilegal la posesión.
-hasta ahora era así, pero la ley ya está lista. ha sido aprobada por el parlamento y la cámara. sólo hace falta la firma del presidente. de eso no se ha hablado nada. se aprovechan que el pueblo no sabe nada.
-no creo que seas analfabeto. tú mismo demuestras que te has dado cuenta, que no te has asustado, que no te han engañado.
-pero no puedo hacer nada. sólo soy un pobre diablo.
-me parece que lo que dices es muy intersante. me gustaría grabarlo con la cámara ¿te parece bien?

alfredo activa todas las alarmas. da un paso atrás y hace amago de irse a vender. vuelvo a guardar la cámara en la mochila.

-mejor seguir así ¿no? -me pide tímidamente.
-por supuesto

la conversación sigue durante un rato más hasta que llega zaly. nos levantamos y nos disponemos a irnos. alfredo se aleja sin decir nada.

-¡ey! -le grito- ¿cómo te llamas amigo?
-alfredo -responde dándose la vuelta.
-mucho gusto de poder estrechar la mano de una persona como tú -le digo mientras me acerco y le tiendo mi mano.

alfredo no responde. baja la mirada y aprieta mi mano con fuerza. me gusta que lo haga, porque no puedo soportar a los hombres de manos blandas.

de regreso al hotel podemos comprobar cómo está el tráfico de una ciudad de 25 millones de habitantes en hora punta. como cada tarde, llueve. pasamos todo el atasco charlando igor, zaly y yo. rodolfo permanece en silencio. tocamos temas de conversación totalmente ajenos al trabajo de zaly como guía, y tengo la sensación de que está a gusto. yo estoy encantado con ella, con su simpatía, su voz, sus vastísimos conocimientos de la historia de su país, con su pasión por lo que hace.

-¿sabéis que desde df se pueden ver las pirámides?
-¿a cuántos kilómetros está?
-a 48. solo hay un par de días al año que pude verse, porque tienen que darse una serie de circunstancias. en primer lugar, sólo se puede hacer desde la torre iberoamericana, una de las más altas de la ciudad. luego tiene que ser un día claro y por último ha de ser en semana santa. la ciudad se queda medio vacía en semana santa, así que el nivel de contaminación baja lo suficiente como para que se puedan ver. hay que usar un telescopio, por supuesto. pero yo tuve la oportunidad de verlas un día. fue durante el amanecer.

llegamos al hostel y nos despedimos. me alegro mucho de haber ido a la excursión.

-ha sido un bonito día. me alegro de haber ido y haber conocido un poco más de la historia de tu país.
-la cultura prehispánica es muy bonita. el resto es otro cantar.
-también me gusta haber conocido a una bonita persona. con otro guía, la excursión no hubiese sido tan divertida.

zaly ríe.

miércoles, 24 de junio de 2009

viaje a méxico city, df

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el autobús de laredo es una vieja chatarra pero por suerte hay mucha menos gente, así que mi mochila tiene espacio de sobra en el maletero. esta vez ando más despierto y subo rápido al autobús para coger la primera fila. como siempre, está ocupada por un par de maletas, seguramente del conductor. bueno, la segunda fila también está bien. me quito los zapatos, abro la mochila y me hago el dormido. el teatrillo surte efecto y cuando nos ponemos en marcha ya puedo asegurar que tendré los dos asientos para mi solo, al menos para el trayecto a matehuala, que es el más largo de todos. el autobús sale con más de una hora de retraso. según el itinerario, debimos haber salido a las 11_55pm (pm de puntualidad mejicana). son las 1_15am.

laredo es un pueblo que tiene una mitad en cada país. visto de otra forma, podría decirse que existen dos laredos: laredo texas y laredo méxico. en medio de ambos, la frontera. según nos comenta el chófer, a los autobuses no suelen pararlos a no ser que sospechen de alguien en particular. nosotros debemos llevar algún sospechoso, porque nada más pasar el semáforo verde que hay situado en la misma frontera, un soldado con un arma indica al conductor que debe detenerse. el conductor nos advierte de que tengamos preparados los permisos. yo no sé nada de permisos, así que me imagino que la cosa no irá conmigo. no obstante, estoy buscando el pasaporte cuando un policía sube al autobús y pregunta si alguien va a pedir un permiso de inmigración. nadie responde.

-abajo todos -grita el policía con voz soberbia-. agarren todas su cosas.

bajamos en orden aunque se nota el nerviosismo en casi todos los pasajeros. salta a la vista que son gente humilde que hará lo que le digan, sea lo que sea. yo hago exactamente lo mismo que todos los demás -¿qué otra cosa iba a querer hacer?-, quiero pasar desapercibido. cogemos el equipaje del maletero de autobús y, siguiendo las indicaciones de un soldado, entramos en una pequeña habitación, una especie de garita minúscula. la mitad del espacio está ocupado por una mesa donde un soldado empieza a expedir permisos. me pregunta el porqué de mi viaje a méxico y el lugar de origen. rellena el formulario con letra ilegible y lo sella.

-van a ser 20 dólares americanos.

por suerte aún tengo algunos dólares. ni siquiera he tenido la oportunidad de cambiarlos. solucionado el asunto del permiso, nos pasan a una amplia habitación donde hay una cinta de rayos x. dos soldados, apostados cada uno a un lado, nos indican que pongamos el equipaje sobre la cinta. mientras lo estoy haciendo, se acerca un policía y comienza a cachearme. nota debajo de mi camiseta algo extraño. es la pequeña mochila donde guardo la documentación, tarjetas de crédito, libro de vacunas y el resto de papeles importantes. me pide que me desnude, asi que me quito la camiseta. queda satisfecho. me pide que le siga y me señala un semáforo apagado. tiene un botón negro y me hace un gesto para que lo pulse. no le entiendo y le pregunto que qué quiere que haga, que si quiere que pulse el botón. claro, es es justo lo que quiere que haga. aprieto el botón, que hace que se encienda la luz verde del semáforo. está bien, puedo irme. buenas noches. dos días más tarde, hablando con igor, me comentará que ese semáforo se pone verde o rojo de forma aleatoria. si cuando pulsas el boton te sale el rojo, la has cagado. te hacen sacar todo lo que lleves en la mochila. y no te digo nada si has pasado por la puerta de "nada que declarar" y te encuentran cualquier cosa. entonces tienes problemas. pueden echarte encima toda la mierda que quieran. me alegro de que se encendiera la luz verde. me alegro de que el funcionario haya olvidado sellarme el pasaporte.

finalmente salimos a la calle donde tenemos que esperar. junto a nosotros, en una jaula permanece tumbado un pastor alemán que nos mira con aburrimiento mientras bosteza y estira sus patas delanteras, cansado ya de ver siempre los mismos gestos de nerviosismo y terror. acumulamos ya dos horas de retraso cuando nos volvemos a poner en marcha. me acomodo en mi sillón lo mejor que puedo, pensando en que al lado de esto, las butacas del tren me parecen la suite nupcial de un hotel de 5 estrellas. por delante, 8 horas de viaje a través del desierto mejicano hasta matehuala.

no sé bien como ha sido, pero durante la noche hemos recuperado el tiempo perdido y ya no acumulamos ni un minuto de retraso. he dormido toda la noche casi de un tirón, y es que me las ingenié para tumbarme ocupando 3 asientos del autobús. mis piernas cruzaban el pasillo para apoyarse en la butaca del otro lado, formando una especie de puente de carne y hueso. también ayudó las tres biodraminas que me tomé justo antes de comenzar el viaje. cuando despierto, estamos a punto de llegar a matehuala. se trata de una vieja estación con poco movimiento. bajo a estirar las piernas y me siento junto a un puesto ambulante de burritos. son las ocho de la mañana y lo último que necesita mi estómago es un auténtico burrito mejicano, pero eso impide que me lo pida. pregunto a la chica si aceptan dólares americanos, y me dice que sí, pero que me los compra a 10 pesos el dólar (en cambio real es 14 pesos el dólar). teniendo en cuenta que no tengo pesos, me veo obligado a aceptar. también tengo que aceptar que soy un gringo en estas tierras que mucha gente tratará de aprovecharse de mi lo que pueda. el burrito está realmente sabroso. me lo como sin pestañear. nada más dar el último bocado, se produce un intento de invasión de sentimiento de culpa, pero como estaba preparado para ello, la invasión es debidamente abortada. mi estómago resiste bien. volvemos a la carretera.

las horas pasan lentas, entre el calor asfixiante y el quejumbroso ruído del autobús. el paisaje monótono del desierto invita al sueño, y el continuo sopor en el que estoy sumido da al viaje un aire de irrealidad. pierdo la noción del tiempo y no tengo ganas de escribir. ni siquiera tengo ganas de escuchar música. sólo quiero que vayan pasando los kilómetros y lleguemos pronto a la capital. tengo la intención de buscar un alojamiento y pasar el resto de la tarde descansando, quizás leyendo o escribiendo. sumido en mis pensamientos no me fijo en que el autobús ha reducido la velocidad hasta casi pararse. descorro las cortinas y puedo ver que hemos parado junto a una venta mejicana. se trata de una terraza llena de mesas y sillas donde almuerzan un par de docenas de personas. pienso que es un lugar muy pintoresco y colorido. la venta está presidida por una gran barbacoa donde un cocinero asa trozos de pollo embadurnados en una salsa naranja que les confiere un aspecto irresistible. junto a él, dos muchachas de rasgos indios se afanan el cocinar tortitas de maiz. de una gran palangana azul sacan un trozo de masa, le dan forma de esfera con unos movimientos de mano mecánicos, y las aplastan con una prensa de madera. el resultado es una tortita pegajosa que ponen inmediatamente a dorar en la plancha. sobre una encimera, cinco o seis cuencos llenos de diferentes rellenos para las tortitas: arroz, pollo, ensalada, picadillos, queso. hay moscas por todos lados. de las columnas que sujetan el toldo que cubre la terraza cuelgan decenas de cráneos de vacas de largos cuernos, dando al lugar un toque de autenticidad irrefutable.

una señora no ha dejado de ofrecerme comida desde que pisé el suelo de tierra del local. me indica dónde está el baño, dando por hecho que necesito usarlo, aunque no es así. no obstante me acerco con la intención de lavarme las manos, pero descubro que el escusado es en realidad una pestilente letrina. río al ver que, a pesar de todo, mantienen la diferencia entre el escusado masculino y el femenino. decido no lavarme las manos porque lo único que hay es una palangana llena de agua sucia.

vuelvo al lugar donde las muchachas preparan las tortitas y les pregunto si tienen quesadillas. por supuesto que las tienen, que tontería. siempre me ha gustado mucho la comida mejicana, especialmente las quesadillas. me recuerdan los años más felices de mi vida. en un plis plas tengo delante un plato de corcho con una quesadilla recién hecha. la devoro en pocos bocados, a pesar de que el queso caliente me quema el paladar.


me he sentado a la mesa con duncan, que se ha pedido unas fajitas y me pide que le acompañe, que en otro tiempo habría dado cuenta de todas ellas, pero que ahora su estómago no se lo permitiría. lo hago encantado, porque la quesadilla no ha hecho otra cosa que despertarme el hambre. pasamos media hora comiendo y charlando. tiene una conversación agradable cuando consigue moderar sus insaciables ganas de hablar sin parar. antes de volver al autobús, me doy un paseo por entre las tiendas de alrededor, donde se muestran piezas de cerámica con aspecto de haber sido hechas por las manos expertas de alguien dos siglos atrás.


el autobús continúa su camino, pero a medida que avanzamos ya puede verse un cambio en el paisaje. el desierto ha quedado atrás dejando sitio a un decorado de polígonos industriales y fábricas de chimeneas humeantes. estamos cerca de san luis de potosí. ni siquiera me bajo del autobús, no tengo ganas de estirar las piernas. vuelvo a tener hambre, quiero que nos vayamos. salimos. dos horas más y volvemos a parar, estamos en querétaro. por fortuna, la siguiente parada es méxico city.

la ciudad de méjico tiene 25 millones de habitantes. es la segunda más grande del mundo, así que se pueden hacer una idea de la extensión que puede tener. o quizás no se la hagan. les diré que desde que empezaron a verse las primeras chavolas del cinturón exterior de la ciudad hasta llegar al centro de la ciudad ha pasado más de una hora. cualquier aspecto de cualquier ciudad se multiplica por mil en méxico city. las favelas se extienden por las faldas de las montañas que rodean la ciudad. la autopista tiene cada vez más coches. pronto podré comprobar si la leyenda sobre el caos circulatorio es cierta. la autopista tiene 6 carriles tan estrechos que cuando nos adelante un camión podría tocarlo con mi mano. al final de una recta observo como el carril derecho está ocupado por media docena de grandes camiones detenidos. a medida que nos acercamos se pueden ver a varias mujeres que suben y bajan de los camiones. son putas. un sector del carril derecho de la autopista de entrada a méxico city por el norte se usa para que los camioneros vayan de putas.

me llaman la atención que los carteles de los negocios se hacen usando pintura directamente sobre la pared. prescinden de neones o carteles luminiosos. encuentro que algunos de ellos son auténticas obras de arte, aunque la mayoría sean cochambrosos mensajes desconchados. días más tarde, alguien los definirá como contaminación visual.

llegamos al fin a la gigantesca estación del norte. me bajo el primero y voy directo a por mi mochila. estoy como loco por salir de allí y llegar al centro, conseguir un cama y dormir. tengo que pelearme con el conductor porque se mueve tan lento que creo que va a provocar que pierda los papeles. me alegro de no tener un bate de beísbol cerca. comprueba que la etiqueta del equipaje coincide con la del billete que le he dado. no queda satisfecho y me pide una muestra de saliva para hacer un análisis de adn. no puedo evitar meterle prisa y se enfada. me disculpo, me cuelgo mi mochila y me largo. hago una breve parada en la oficina de información turística, donde un espíritu celeste me cuenta algunas de las cosas que debo saber de la ciudad. se apena de que sólo vaya a estar dos días. decido sacar el billete de autobús a guatemala, de esa forma puedo desentenderme. mientras espero en la cola, saco la cámara de vídeo para grabar algunas tomas de la estación.

-¿qué está haciendo con esa cámara señor? aquí no se puede grabar.
-lo siento mucho, no sabía nada -me disculpo mientras la apago y la guardo.

no me ha oído porque antes de que empezara a hablar ya estaba dando aviso por el walkie talkie. cuando termina se larga sin mirarme siquiera. en menos de un minuto, dos policías vestidos de negro se acercan. uno de ellos debe de medir casi dos metros y el otro no debe de llegar a 1,60. me recuerdan al duo sacapuntas, y pienso que sus compañeros de la comisaría deben de haber aprovechado el filón para mofarse a gusto.

-¿qué estaba haciendo señor? -me pregunta el pulga.
-me estaba grabando. estoy haciendo un documental -respondo mientras pienso la forma en la que torturaría hasta morir a la maldita hija de puta chivata.
-¿tiene usted permiso?
-acabo de llegar, no sabía que hacía falta permiso. en cuanto me lo han dicho, he dejado de grabar.
-aquí no se puede grabar sin permiso.
-lo siento, no sabía nada.

se van sin decir nada, aunque ni siquiera tengo tiempo de tomar aire cuando vuelven.

-¿me enseña lo que ha grabado señor? -inquiere el pulga. el linterna ni siquiera me mira; se limita a ejercer un descomunal poder de intimidación.
-claro, han sido solo unos segundos, mire.
-¿lo borra por favor?
-ahora mismo.

no tengo ni puta idea de como se borra un fichero. la cámara la compré unas semanas antes, y las pocas veces que he borrado lo he hecho conectando el aparato al ordenador. navego por los menús buscando la opción de borrar. me tiemblan las piernas y creo que balbuceo al tratar de explicarle que estoy haciendo un viaje y que estoy grabando en todos los sitios donde voy y algunas gilipolleces más. noto como el pulga empieza a ponerse nervioso. mira alternativamente a la cámara y a mi. no hay más que ver su cara para saber que no ha manejado una cámara digital en su vida, y que se encuentra casi tan incómodo como yo. decido aprovechar esa circunstancia, para tirarme un farol.

-ya está -le digo resoplando-. estas cámaras modernas son cada vez más complicadas -añado mientras pienso que no debí haber añadido nada.
-está bien señor. no vuelva a grabar sin permiso.
-no lo haré.

se van. creo que la cabeza me va a estallar. mientras estaba con el dúo sacapuntas, la gente se ha ido colando, y ahora tengo tres personas delante. me gustaría quitarlas de ahí a guantazos. estoy seguro de que la cabeza me va a estallar. después de cinco minutos ya sólo me queda una persona a la que están a punto de terminar de atender. ya me toca cuando oigo una voz a mi espalda que casi hace que me de un infarto.

-disculpe señor, necesito que me diga su nombre.

esta vez está sólo el pulga, que me mira fijamente. está nervioso, como yo.

-pedro -repondo.

pasan dos segundos de silencio durante los cuales me digo a mi mismo que soy gilipollas, que si me ha preguntado el nombre es porque quería saber mis datos, y voy yo y le digo que me llamo pedro. ¡hay que ser estúpido! ¡pedro! ¿pensabas que quería saber tu nombre para invitarte hacerse colega tuyo? la has cagado pero bien chaval. ¿se puede ser más mentecato?

-está bien señor.

se va. el pulga se ha largado. esta vez no me atrevo a respirar y le sigo con la mirada. se encuentra con el linterna, cruzan un par de palabras, y se marchan. se piran, se pierden, se abren, se quitan del medio, se largan. es mi turno. saco mi billete y huyo literalmente de la estación. en la puerta hay una boca de metro en la que me introduzco bajando las escaleras sin tocarlas. el espíritu celeste me ha señalado las paradas donde tengo que bajarme, así que voy directo a la taquilla, saco mi boleto (aún con los nervios tengo tiempo para sorprenderme de que solo valga 2 pesos, unos 11 céntimos de euro al cambio) y vuelo por los pasillos. las señalizaciones están tan claras que me muevo tan rápido como el nativo más experto. por aquí, por allí, bajo escaleras, tuerzo, giro, avanzo y llego al anden. el tren llega enseguida y me abre sus brazos. entro.

el metro de méxico df es un hormiguero. las estaciones son enormes y los vagones están atestados de gente. no pasa un minuto sin que entre el vagón algún vendedor de cedés de música o un pedigüeño. como en cualquier gran ciudad, son ignorados sin ningún pudor. el corazón me late muy rápido, en parte por el miedo a la policía y en parte por la carrera que me he dado con una mochila de una tonelada en la espalda. me busco un rincón, me descuelgo la mochila (que pongo entre mis piernas) y arrugo la cara para asegurarme que no la tengo de pardillo. alguien me toca por la espalda con el dedo. es como si hubiera hecho doble clic en mi hombro. me giro y veo a un niño de pelo negro que sin decir nada me señala el reloj.

-son las 7_30h -le respondo con más educación de la que hubiese querido.
-deme el reloj, jefe -me dice en un tono que hace que me cueste distinguir si me lo está pidiendo o me lo está exigiendo.
-no puedo, lo necesito para saber la hora.
-démelo pues.
-no puedo

es mi última palabra. giro la cabeza y le doy la espalda.

-veremos -oigo cerca de mi oreja.

trato de disimular el escalofrío que siento y no hago nada. le ignoro completamente. la mezcla de miedo, enfado y cansancio hacen que piense: "a tomar por culo, que le den". al fin llega mi parada, en la que me bajo rápidamente, sin siquiera colgarme la mochila a la espalda. me paro en el andén, que está lleno de gente y espero a que la masa empiece a subir las escaleras para comprobar si el niño me sigue. no lo hace claro, aunque durante el resto del día tendré la absurda sensación de estar siendo vigilado. salgo a la superficie y me encuentro con un día gris en una enorme plaza. a un lado está la catedral y al otro el palacio nacional. está llena de gente que se mueve sin parar, todo es muy ruidoso. me paso una hora dando vueltas buscando un sitio donde dormir. pregunto en algunos hoteles, pero basta que alguien en la entrada me abra la puerta y me de las buenas tardes para que lo descarte. al final logro dar con lo que busco, un sitio de mochileros. el ambiente es joven y sano, tienen internet, desayuno y cena incluídos y sólo cuesta unos 9 euros al cambio. el problema es que sólo pueden darme una noche, y yo necesito dos, pero eso ahora da igual, necesito descansar. unos minutos de papeleo, subo mis cosas a la habitación y subo a la azotea a cenar.

la azotea del edificio tiene un chiringuito con una gran terraza. tiene vistas a la plaza de la constitución y la catedral, que luce preciosa iluminada en la oscuridad. mientras pico algo típico mejicano conozco a igor, alejandro y carlos.


igor es un chico de mi quinta, vasco, despierto, inquieto. tiene un bonito proyecto de viaje por centroamérica, que espera que dure unos cuatro meses, aunque no tiene fecha de caducidad. vive una situación que le permite poder alargar la aventura si quiere. bastan unos minutos de charla para darme cuenta de que se trata de alguien que tiene una forma de pensar muy cercana a la mía. creo que los motivos que nos impulsan a viajar son básicamente los mismos. después de la cena tengo que volver a buscar dónde dormir la noche siguiente, pero al cabo de un par de horas vuelvo a la azotea. los chicos están en una mesa bebiendo. me alegro de verles y no me ha dado tiempo a sentarme cuando alejandro ya me ha puesto un tequila. tienen al menos dos botellas, unos cuantos vasos y un cuenco lleno de cubitos de hielo.

-¿cómo te gusta el tequila?
-me da igual, como lo estéis tomando vosotros.
-te preparo dos, por si acaso.
-genial

por un lado me llena un chupito de tequila añejo, y por otro me prepara una copa con tequila blanco, agua con gas y un chorrito de refresco de limón. me explica que la única manera de evitar la resaca al día siguiente es no usar bebidas dulces mezcladas con el tequila.

-el tequila te lo tomas solo, o como mucho lo mezclas con agua y limón. nada de colas, naranjas ni chingadas.

alejandro es un joven de chiapas. según mis cálculos, sus hombros medirán más o menos lo mismo que la distancia que he recorrido en los últimos 3 días. tiene la cabeza rapada al cero, los brazos de he-man y una sonrisa de dientes claros y brillantes. se dedica a trabajar como guardia de seguridad y su sueño es llegar a ser policía federal. durante toda la noche está pendiente de que a nadie le falte bebida. a poco que tu vaso haya bajado un poco, álex te lo rellena y brinda contigo.


la juerga continúa, tequila tras tequila, conversación tras conversación. hablamos de chiapas, de españa, de viajes, de mujeres. durante toda la noche va y viene gente que se sienta con nosotros: jonathan un inglés pureta con la riñonera llena de libretas con notas del libro que quiere escribir, daniel el australiano, my la sueca de belleza espectacular, un grupo de chicas de guadalajara, guapas y tímidas. todos bebemos, brindamos, nos reímos, nos hacemos fotos, intercambiamos correos y promesas de visitas en el futuro. la noche es perfecta, y cualquiera que llega es calurosamente invitado a la mesa. bebo hasta emborracharme y caigo en la cuenta de que al final no he descansado. después de un viaje de tres días, no hay nada como una juerga de tequilas en una azotea de distrito federal rodeado de desconocidos con los que te sientes conectados de alguna forma.


la noche avanza y la gente se retira. el toque de queda del hostel es a las 2, pero hace ya un buen rato que hemos pasado esa hora. al final quedamos igor, alex y yo. apuramos las botellas y tranquilizamos al personal de seguridad que viene a echarnos.

-ya nos vamos, jefe.

son más de las 3 de la mañana y estoy borracho de tequila, de gente, de sensaciones, de cansancio. se me ha pasado el miedo; la policía mejicana y el chorizo del metro me suenan tan lejanos como el día de mi primera comunión.


bajo a la habitación, escalo la litera y doy una patada a las sábanas que se encuentran perfectamente dobladas al pie de la cama. caigo redondo. es la primera noche en meses en que mi último pensamiento antes de dormir no tiene que ver con ella. i'm coming home.